Por Marcos Aguinis

Profesión en serio, por el contrario, fue la música. Diría que mi primera profesión. Comenzó de forma curiosa. Tenía diez años cuando me frenó un retrato de Richard Wagner en el pasillo de ingreso al conservatorio que había en la diminuta Cruz del Eje, en el noroeste de la provincia de Córdoba. Wagner exhibía su vanidoso perfil, con boina y patillas que se propagaban como el césped bajo la desafiante mandíbula.

Pasaron años hasta que escuché algo importante sobre ese compositor y, también, que le picaba la urticaria antisemita.

El conservatorio era elemental, con dos pianos verticales, uno para ser golpeado por los principiantes y el otro para uso de los alumnos avanzados. Hacia ese conservatorio me llevó mamá, vencida por la insistencia de mi demanda. Nunca supe por qué esa institución, provista de una sola docente, eligió el nombre de Wagner.

Sí me enteré, tiempo después, de que el retrato había sido dibujado por ella, Dora de Hernández, propietaria de la casa, los pianos y encargada de enseñar. Sólo esto último no compartía con su marido, un elegante y donjuanesco funcionario de Correos. Daba clases individuales y tenía un oído tan fino que desde la cocina en el fondo del patio, a la que iba con frecuencia para cumplir con las tareas domésticas, gritaba el nombre de la nota correcta cuando pifiaba mi ejercicio. Esa corrección a distancia, semejante a un latigazo, no me gustaba. A los pocos meses de empezar avisé a mamá, lagrimeando, que prefería no seguir porque “la señora” era demasiado exigente. Mamá contestó: entonces es buena, es buena.

Los pianos estaban en habitaciones separadas, lo cual permitía dar clase a dos estudiantes por vez, uno incipiente y el otro adelantado. En el medio había una sala de espera donde me enamoré de dos chiquillas.

Aún no tenía afirmados los gustos y por eso me erotizaron al mismo tiempo una morochita llamada Miriam y una rubia llamada Elsa. A los once años de edad ciertos hechos se afirman como rocas y por eso recuerdo con tanta claridad esos momentos. Las miraba

fascinado, pero cuando alzaban sus ojos hacia los míos, me apuñalaba el temor de que hubieran descubierto mi hambre. Entonces me hundía, ruborizado, culpable, en el caprichoso dibujo de las baldosas. Pese a esa contradicción, me empeñaba en llegar temprano para encontrar a una u otra, aunque tuviese que esperar una eternidad. Mi timidez cruel impidió que soltase las palabras que hervían en mi cabeza, inspiradas en las aventuras de Tom Sawyer que había leído con embeleso y repasaba en la duermevela. Ni podía exclamar ¡hola! Esa maldita vergüenza me engrilló durante décadas. ¡Cuánto sufría! ¡Cuánta felicidad me retaceó! ¡Qué imbécil fui!

El padre de Elsa regentaba una panadería con hornos ciclópeos. A veces mamá compraba un cabrito entero en la carnicería de la otra esquina, donde revoloteaban las moscas. Lo adobaba con cebollas, tomates, aceitunas y otros ingredientes sobre una gran bandeja de acero que papá llevaba en sulky a esa gran panadería para ser horneado en el fuego más poderoso de la región. Yo abandonaba cualquier otra actividad para acompañarlo porque me urgía hallar a Elsa y esperaba descubrirla tras el mostrador, aunque sólo fuese para echarle una mirada.

Por fin tuve la oportunidad de hablar con ellas en el Día de la Música, que se celebra el 22 de noviembre en homenaje a la mártir santa Cecilia. Ya tenía catorce años y me sentía muy adulto. Esa tarde se había representado en la cancha de básquet del Club Independiente el primer y único ballet que compuse en mi vida y me permitió lamer el chocolate de una efímera celebridad. El ballet se titulaba La marcha del desierto, porque se refería a una caravana que recorre las arenas nordafricanas, es sorprendida por el simún (viento sahariano que describía con elocuencia Emilio Salgari en sus novelas), luego disfruta la alegría de un oasis idílico y, por último, reanuda su ondulante marcha hacia el horizonte. Constaba de cuatro partes, duraba unos veinte minutos y fue representado por veinticinco

compañeros de mi colegio. A pesar de mi esfuerzo, no logro recordar cómo se generó en el aula tanto entusiasmo cuando brotó la idea. Se afanaron en conseguir ropas orientales, una precaria carroza para el sultán, trajes de odaliscas, plumas de colores vivos quitadas a un pavo real, turbantes, lanzas oxidadas y escudos de cartón. Incluso imitaron la marcha de jinetes con camellos.

Mi rol, desde los ensayos, consistía en aporrear el piano del club. Al instrumento se le había conectado un parlante. El público que rodeó la cancha fue bastante numeroso, con profesores, compañeros de otras divisiones y muchos padres. ¡Una multitud! Me figuraba lanzado a la galaxia de los grandes autores. Me comparaba con el joven Chopin, cuya vida acababa de disfrutar en la película Canción inolvidable protagonizada por Cornel Wilde.

Recibí aplausos y vivas. Sentía haberme dilatado hasta conseguir las dimensiones de un titán.

Esa noche se celebraba en el conservatorio a santa Cecilia. Concurrieron alumnos, familiares, amigos y figuras respetadas del pueblo. Me felicitaron por el éxito del ballet. ¡Me felicitaron! Tu ballet, decían. Apabullado, pensé con acierto que nunca gozaría de unadicha más intensa.

Cerca merodeaban Elsa y Miriam, que no se acercaron. ¿Se sentían rechazadas por mí? ¡Qué castigo! Las miraba implorante y, cuando sus ojos se fijaban en los míos, yo disparaba como un rayo hacia el techo o la alfombra. Me manipulaba el demonio. Luego de circular unas bandejas con bocaditos y refrescos, el esposo de doña Dora puso en marcha el tocadiscos e invitó a bailar a una mujer joven, mucho más bella que su esposa.

Me impresionó la firmeza con que le apretaba el talle, introducía sus piernas entre las de ella y la hacía girar voluptuosamente en tangos, valses y milongas. Mi fiebre puberal me ilusionaba con hacer lo mismo con Miriam o Elsa: apretarles el talle fino, introducir mi rodilla entre las suyas, impresionarlas con giros inesperados y perfectos, sostener su mano derecha con mi dominante izquierda. Pero era imposible: no sabía bailar y no podía hablar a una mujer que sospechase mi deseo.

El triunfo ganado por la tarde se diluía en la impotencia de esa noche.

Decidido a suicidarme, di unos sigilosos pasos hacia Elsa y comenté con los ojos puestos en la pareja: ¡Qué bien bailan! Elsa sonrió. Pero yo la dejé de inmediato, antes de que se produjese la catástrofe de su respuesta. Me dirigí al rincón donde Miriam conversaba con otras chicas. Allí pronuncié la misma exclamación seguida de idéntica fuga. No pude hacer más y mi memoria, inclemente, ha borrado lo que sucedió después. Quizás me hicieron ejecutar la música de La marcha del desierto en el piano principal, quizás me volvieron a aplaudir. Pero esos minutos fueron cubiertos por el paño sepulcral de una irremediable frustración. Yo me había reducido a la nada. De la gloria mantenida enhiesta hasta la mitad de la celebración, había caído en un pozo lleno de serpientes. Tenía ganas de componer nocturnos trágicos.

* Sudamericana.